Datos personales
- Lola García de Luna
- Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...
martes, 8 de julio de 2014
El códice Voynich. El manuscrito más misterioso del mundo...
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Titus B.
martes, 10 de junio de 2014
París no se acaba nunca...
![]() |
Eugène Atget, Organillero |
<<París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices>>.
martes, 31 de diciembre de 2013
:)
martes, 24 de diciembre de 2013
Feliz Navidad :)
domingo, 26 de mayo de 2013
41. De Hermes-Thot y el espíritu universal
«...Con
estas palabras, quedóse
mirándome fijamente al rostro, de
tal modo que me hizo temblar. Luego, cuando volvió a levantar la cabeza, me pareció ver dentro de mi
propio espíritu la luz, que consistía en un número infinito de virtudes, convertida
en un Todo ilimitado, mientras el fuego, rodeado y mantenido por una fuerza omnipotente,
alcanzaba la estabilidad: esto fue lo que pude captar de aquella visión...
Mientras yo estaba así fuera de mí, Él volvió a hablar: "Ahora has
visto el espíritu, la forma primitiva, el origen, el principio de todo..."».
Poimandrès, Corpus Hermeticum
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Hermes Trimegisto
martes, 15 de enero de 2013
30. El tres veces grande...
«El espíritu brota de la sustancia de Dios (...); de qué naturaleza es esta
sustancia, solo Dios puede saberlo con exactitud. Por tanto, el espíritu no está separado de
la sustancia de Dios, sino
que irradia de este su origen
como la luz irradia del sol. En
el hombre, este
espíritu es Dios...».
Hermes Trismegisto, "el tres veces grande"
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martes, 1 de enero de 2013
27. Feliz Año Nuevo... :)
miércoles, 5 de diciembre de 2012
21. De cuanto había escrito en el libro volante (III): Fedor Dostoiewski, "Crimen y castigo" (fragmento)
(...)
‑ ¡Lo
vas a matar! ‑grita uno de
los espectadores.
‑ Seguro
que lo mata ‑dice otro.
‑ ¿Acaso no es mío? ‑ruge Mikolka.
Y golpea al animal con todas sus fuerzas. Se oye un ruido seco.
‑ ¡Sigue!
¡Sigue! ¿Qué esperas? ‑gritan varias voces entre la multitud.
Mikolka vuelve a levantar el palo y
descarga un segundo golpe en el lomo de la pobre bestia. El animal se
contrae; su cuarto trasero se hunde bajo la violencia del golpe; después da un
salto y empieza a tirar con todo el resto de sus fuerzas. Su propósito es huir del martirio, pero por todas partes encuentra los
látigos de sus seis verdugos. El
palo se levanta de nuevo y cae por tercera vez, luego por cuarta, de un modo
regular.
Mikolka se
enfurece al ver que no ha podido acabar con el caballo de un solo golpe.
‑ ¡Es duro
de pelar! ‑exclama uno de los espectadores.
‑ Ya veréis
como cae, amigos: ha llegado su última hora ‑dice otro de los curiosos.
‑ ¡Coge un hacha! ‑sugiere un tercero‑. ¡Hay que
acabar de una vez!
‑ ¡No decís
más que tonterías! ‑brama Mikolka‑. ¡Dejadme pasar!
Arroja el palo, se inclina, busca de
nuevo en el fondo de la carreta y, cuando se pone derecho, se ve en sus manos una barra de
hierro.
‑ ¡Cuidado!
‑exclama.
Y, con todas sus fuerzas, asesta un tremendo golpe al
desdichado animal. El caballo se tambalea, se abate, intenta tirar con un
último esfuerzo, pero la barra
de hierro vuelve a caer pesadamente sobre su espinazo. El animal se
desploma como si le hubieran cortado las cuatro patas de un solo tajo.
‑ ¡Acabemos
con él! ‑ruge Mikolka como un loco, saltando de la carreta.
Varios
jóvenes, tan borrachos y congestionados como él, se arman de lo primero que
encuentran ‑látigos, palos, estacas‑ y se arrojan sobre el caballejo
agonizante. Mikolka, de pie junto a la víctima, no cesa de golpearla con la barra. El animalito alarga el cuello, exhala un profundo resoplido y
muere.
‑ ¡Ya está!
‑dice una voz entre la multitud.
‑ Se había
empeñado en no galopar.
‑ ¡Es mío! ‑exclama
Mikolka con la barra en la mano, enrojecidos los ojos y como lamentándose de no
tener otra victima a la que golpear.
‑ Desde
luego, tú no crees en Dios ‑dicen algunos de los que han presenciado la escena.
El pobre niño está fuera de sí. Lanzando un grito, se
abre paso entre la gente y se acerca al caballo muerto. Coge el hocico inmóvil y
ensangrentado y lo besa; besa
sus labios, sus ojos. Luego da un salto y corre hacia Mikolka blandiendo
los puños. En este momento lo encuentra su padre, que lo estaba buscando, y se
lo lleva>>.
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martes, 4 de diciembre de 2012
20. De cuanto había escrito en el libro volante (II): Fedor Dostoiewski, "Crimen y castigo" (fragmento)
(...)
‑ ¡Pegadle hasta matarlo! ‑ruge Mikolka‑. ¡Eso es lo que hay que
hacer! ¡Yo os ayudo!
‑ ¡Tú no
eres cristiano: eres un demonio! ‑grita un viejo entre la multitud.
Y otra voz
añade:
‑ ¿Dónde se
ha visto enganchar a un animalito así a una carreta como ésa?
‑ ¡Lo vas a
matar! ‑vocifera un tercero.
‑ ¡Id al
diablo! El animal es
mío y puedo hacer con él lo que me dé la gana. ¡Subid, subid todos! ¡He de
hacerlo galopar!
De súbito,
un coro de carcajadas ahoga la voz de Mikolka. El animal, aunque medio muerto por la lluvia
de golpes, ha perdido la
paciencia y ha empezado a cocear. Hasta el viejo, sin poder contenerse,
participa de la alegría general. En verdad, la cosa no es para menos: ¡dar
coces un caballo que apenas se sostiene sobre sus patas...!
Dos mozos se destacan de la masa de espectadores, empuñan cada uno un látigo y
empiezan a golpear al pobre animal, uno por la derecha y otro por la
izquierda.
‑ Pegadle en el hocico, en los ojos, ¡dadle fuerte en los ojos! ‑vocifera Mikolka.
‑ ¡Cantemos
una canción, camaradas! ‑dice una voz en la carreta‑. El estribillo tenéis que
repetirlo todos.
Los mujiks
entonan una canción grosera acompañados por un tamboril. El estribillo se
silba. La campesina sigue partiendo avellanas y riendo con sorna.
Rodia se acerca al caballo y se coloca delante de él. Así puede ver
cómo le pegan en los ojos..., ¡en los ojos...! Llora. El corazón se le
contrae. Ruedan sus lágrimas.
Uno de los verdugos le roza la cara con el látigo. Él ni siquiera se da cuenta. Se retuerce las manos, grita, corre hacia el viejo de
barba blanca, que sacude la cabeza y parece condenar el espectáculo. Una mujer
lo coge de la mano y se lo quiere llevar. Pero él se escapa y vuelve al lado
del caballo, que, aunque ha llegado al límite de sus fuerzas, intenta aún
cocear.
‑ ¡El
diablo te lleve! ‑vocifera Mikolka, ciego de ira.
Arroja el
látigo, se inclina y coge del fondo de la carreta un grueso palo. Sosteniéndolo
con las dos manos por un extremo, lo levanta penosamente sobre el lomo de la
víctima.
(...)
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jueves, 29 de noviembre de 2012
19. De cuanto había escrito en el libro volante (I): Fedor Dostoiewski, "Crimen y castigo" (fragmento)
<<‑ ¡Subid, subid todos! ‑grita un hombre todavía joven, de
grueso cuello, cara mofletuda y tez de un rojo de zanahoria‑. Os llevaré a todos. ¡Subid!
Estas
palabras provocan exclamaciones y risas.
‑ ¿Creéis
que podrá con nosotros ese esmirriado rocín?
‑ ¿Has
perdido la cabeza, Mikolka? ¡Enganchar una bestezuela así a semejante carreta!
‑ ¿No os
parece, amigos, que ese caballejo tiene lo menos veinte años?
‑ ¡Subid!
¡Os llevaré a todos! ‑vuelve a gritar Mikolka.
Y es el
primero que sube a la carreta. Coge las riendas y su corpachón se instala en el
pescante.
‑ El
caballo bayo ‑dice a grandes voces‑ se lo llevó hace poco Mathiev, y esta
bestezuela es una verdadera pesadilla para mí. Me gusta pegarle, palabra de honor. No se gana el
pienso que se come. ¡Hala, subid! lo haré galopar, os aseguro que lo haré
galopar.
Empuña el látigo y se dispone, con evidente
placer, a fustigar al
animalito.
‑ Ya lo
oís: dice que lo hará galopar. ¡Ánimo y arriba! ‑exclamó una voz burlona entre
la multitud.
‑ ¿Galopar?
Hace lo menos diez meses que este animal no ha galopado.
‑ Por lo
menos, os llevará a buena marcha.
‑ ¡No lo compadezcáis,
amigos! ¡Coged cada uno un
látigo! ¡Eso, buenos
latigazos es lo que necesita esta calamidad!
Todos suben a la carreta de Mikolka
entre bromas y risas. Ya hay seis arriba, y todavía queda
espacio libre. En vista de ello, hacen subir a una campesina de cara rubicunda,
con muchos bordados en el vestido y muchas cuentas de colores en el tocado. No
cesa de partir y comer avellanas entre risas burlonas.
La muchedumbre que rodea a la carreta ríe también. Y, verdaderamente, ¿cómo no reírse ante la idea de que tan
escuálido animal pueda llevar al galope semejante carga? Dos de los jóvenes que
están en la carreta se proveen de látigos para ayudar a Mikolka. Se oye el
grito de U ¡Arre! y el caballo
tira con todas sus fuerzas. Pero no sólo no consigue galopar, sino que
apenas logra avanzar al paso. Patalea, gime, encorva el lomo bajo la granizada
de latigazos. Las risas
redoblan en la carreta y entre la multitud que la ve partir. Mikolka se enfurece
y se ensaña en la pobre bestia, obstinado en verla galopar.
‑ ¡Dejadme
subir también a mí, hermanos! ‑grita un joven, seducido por el alegre
espectáculo.
‑ ¡Sube!
¡Subid! ‑grita Mikolka‑. ¡Nos llevará a todos! Yo le obligaré a fuerza de
golpes... ¡Latigazos! ¡Buenos latigazos!
La rabia le ciega hasta el punto de que ya ni siquiera sabe con
qué pegarle para hacerle más daño.
‑ Papá,
papaíto ‑exclama Rodia‑. ¿Por
qué hacen eso? ¿Por qué martirizan a ese pobre caballito?
- Vámonos,
vámonos -responde el padre‑. Están borrachos... Así se divierten, los muy
imbéciles... Vámonos..., no mires...
E intenta
llevárselo. Pero el niño se
desprende de su mano y, fuera de si, corre hacia la carreta. El
pobre animal está ya exhausto. Se detiene, jadeante; luego empieza a tirar
nuevamente... Está a punto de caer.
(...)
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