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Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...

martes, 31 de julio de 2012

Pintor de sombras (VIII)

En el estudio del Cavalier d’Arpino conocerá a los personajes más influyentes de Roma, pero no tardará mucho, no creas, en marcharse de allí.

Que el joven caballero le tenía encargada la pintura de las flores y las guirnaldas de sus frescos. Y Michelangelo quería pintar la vida. Esa que transcurre en las calles. Y hacerlo como a él le diera la gana.

De modo que dejó el estudio.

Iba a reencontrarse con viejos amigos como Lionello Spada.

Iba a malvivir mientras vivía. A pintar su vagabundeo. A devolverle una libertad maltrecha a sus escasos veinte años.

La falta de dinero hace que se encomiende a Valentin, uno de los marchantes de arte que había conocido en sus días junto al Cavalier, y este le aconseja que acepte realizar algún que otro encargo de obras piadosas, que por aquel entonces eran muchos.

Dice que sí, Michelangelo. Toma entre sus manos uno de estos trabajos y en su lugar entrega un Baco… 

Pero Valentin llegará un día para hacerle un ofrecimiento y no lo podrá rechazar. Viene de manos de un cardenal, de un hombre muy rico: Francesco Maria del Monte. Caravaggio lo acepta, acepta pintar una escena piadosa sin decirle a nadie que pintará, pero la que a él le parezca.

Y la que a él le pareció fue la de San Francisco recibiendo los estigmas.

Pintó en el sótano del marchante, deprisa y corriendo, esta obra que le dará la fama. Esta que será la llave que le abrirá todas las puertas en Roma.

Esta que marcará el comienzo del Barroco en el arte.

"Baco"
Baco, hacia 1596 - 1597

Óleo sobre lienzo, 95 x 85 cm.

Florencia, Galleria degli Uffizi

"San Francisco recibiendo los estigmas"
San Francisco recibiendo los estigmas, hacia 1595

Óleo sobre lienzo, 92,5 x 127,8 cm.

Hartford (Connecticut), Wadsworth Atheneum

jueves, 26 de julio de 2012

Pintor de sombras (VII)

"Baco enfermo" o "Bacchino malato"
Baco enfermo o Bacchino malato, 1593 - 1594

Autorretrato. Óleo sobre lienzo, 67 x 53 cm.


Roma, Galleria Borghese

La fiebre romana, la peste -o como quiera que se llamase la epidemia que barrió toda la Península Itálica y se hizo dueña de su cuerpo- lo consume, lo debilita, le deja las ojeras y la piel amarillenta que estás viendo, porque él mismo se autorretrató así, aquí en su Baco enfermo o Bacchino malato.

Que de la calle lo había recogido Antiveduto Gramática, un viejo amigo del taller de Lorenzi, pero ahora que apenas si ha pasado tiempo está tirado en el suelo de un sótano oscuro y hediondo en medio de la marea enferma de gente a la que, como a él,  unos brazos sanos abandonaron allí para morir.

Es el hospital de Santa María de la Consolación, al que van los pobres a agonizar donde poco molesten.

Es el Infierno.

Y hasta en el Infierno un hombre lo reconoce. El prior.

El prior de Santa María de la Consolación.

Y lo rescata. Y lo pone en manos de unas monjas que, si no lo curan, al menos lo salvan, que las secuelas de la enfermedad (dolores de vientre y de cabeza) las padecerá hasta una noche que está por llegar y que será de julio, de 1610, y en Porto Ercole.

Pero antes saldrá, después de seis meses, del hospital, y cuando esto suceda le estará esperando el estudio del Cavalier d’Arpino… 

martes, 24 de julio de 2012

Pintor de sombras (VI)

"Magdalena penitente"
Magdalena penitente, 1596 - 1597

Óleo sobre lienzo, 122,5 x 98,5 cm.

Roma, Galleria Doria Pamphili 

Se llamaba monseñor Pandolfo Pucci.

Le ofrece casa y comida. Lo admira. Ve en él la frescura, la rebeldía, la novedad que al anquilosado mundo del arte le faltaba desde hacía tanto tiempo.

Apuesta por él y lo hace fuerte.

A cambio, Michelangelo solo tendrá que realizar copias de las obras piadosas que monseñor Pucci le encarga para el convento capuchino de su pueblo: Racanati; y pasar muchas horas en libertad que aprovechará para pintar lo que le viene en gana: es de este momento su Muchacho mordido por un lagarto, inspirado en el Retrato de su hijo Asdrúbal, picado por un cangrejo que Sofonisba de Anguissola había dibujado al carboncillo y él había visto una vez en Cremona: y es desde este momento desde el que no habrá marcha atrás en la Historia de la pintura.

No la habrá.

Que Caravaggio hace una cosa que no se había hecho hasta ahora: pinta un instante. Uno.

Uno solo.

Ese en el que el dolor atraviesa cada resquicio de la mano del joven. Ese en el que se muestra al dolor más unido que nunca al amor en los dedos de un chiquillo de hombros desnudos y flor blanca enredada en los cabellos que seguramente se prostituye.

Luego vendrán el Muchacho pelando una frutaMuchacho con cesto de frutasConcierto de jóvenes o Los Músicos (Pintor de sombras (V)); Naturalezas muertasTañedor de laúd y la Magdalena penitente.

Hasta que tres años y tantas obras maestras más tarde se marcha de la casa de su protector sin que nadie sepa en realidad muy bien por qué. Y volverá a la pobreza. Y a su vagar por las calles romanas. Otra vez.

       Vagaremos también nosotros con él, si quieres, mañana...

jueves, 19 de julio de 2012

Pintor de sombras (V)

"Concierto de jóvenes" o "Los Músicos"
Concierto de jóvenes o Los Músicos, hacia 1595 - 1596

Óleo sobre lienzo, 92 x 118,5 cm.

Nueva York, Metropolitan Museum of Art

Le abriría la Porta del Popolo una Roma majestuosa: capital de la cultura y el arte de la época, la ciudad de los Papas era el centro de esa Cristiandad que, en lugar de haberse achicado ante las embestidas de una Reforma Protestante que tantos dolores de cabeza le estaban ocasionando, lo que había hecho era hacerse más grande, más rica, más poderosa y más hermosa, eso siempre, eso también.

A la petición de Sixto V de que todos los artistas de la Península Itálica vinieran a Roma para prestarle ayuda en la peculiar lucha en la que se hallaba enfrascado frente a los luteranos, serían muchos, muchos, los que acudieran: y nuestro joven de Caravaggio no iba a ser menos.

Ya ha andado su camino. Ya se ha parado, quién sabe, en Parma, en Viterbo, en Florencia. Ya está aquí cargado de ilusión y de ambiciones, y de unas pocas obras que eran suyas y que esperaba tuvieran la buena acogida entre los romanos que habían tenido entre los lombardos y su protectora familia Colonna: pero bien poco tardaría en desengañarse, que en Roma eso del realismo no le importaba a nadie. La moda era la maniera: la imitación de los viejos maestros Rafael o Miguel Ángel. Lo nuevo no parecía tener cabida aquí, de modo que, aunque fuera por un tiempo y porque, qué remedio, no se iba a morir de hambre, Caravaggio pintaría lo que los ojos romanos querían ver pintado.

Fue entonces, mientras malvivía en su ansiada ciudad a la espera de un encargo, cuando un hombre se fijó en él: era un pintor siciliano, Lorenzi se llamaba, y tenía un estudio en el que al entrar, Michelangelo se reencontró con muchos de sus viejos compañeros de Bérgamo.

Haría amistades, entre la pintura y las juergas, y algunas, como la de Lionello  Spada, le durarían hasta la muerte.

martes, 17 de julio de 2012

Pintor de sombras (IV)

"Los Tahúres". Detalle
Los Tahúres (detalle). Hacia 1594 - 1595

Óleo sobre lienzo, 91,5 x 128,2 cm.

Fort Worth (Texas), Kimbell Art Museum 
Se dice que antes de llegar a Roma detuvo sus pasos en Parma, que quería ver la Deposición de la Virgen que había pintado Annibale Carracci.

Y que también lo hizo en Viterbo frente a la Flagelación de Sebastiano del Piombo.

Y en Florencia, ante las obras de Masaccio que estaban en la capilla Brancacci de Santa Maria del Carmine.

Pero solo se dice...
        
Se sabe todo esto de su camino a Roma y, sin embargo, nadie se explica cómo es que pudo culminarlo. Y si iba solo, menos. Los caminos de entonces estaban infectados de ladrones que te quedaban hasta sin vida con tal de quitarte el equipaje...

Pero el caso es que nuestro joven de Caravaggio lo anduvo, solo o acompañado, quién sabe, y entró finalmente en Roma (en 1591 ó 1592, no está muy claro) por la Porta del Popolo. Le van a suceder muchas cosas desde este momento, lo que pasa es que eso ya es una historia diferente, y no la contaremos hasta mañana...

jueves, 12 de julio de 2012

Pintor de sombras (III)

Nació en un pueblecito cercano a Bérgamo, en el corazón de una Lombardía rebelde desde el punto de vista artístico que poco a poco se iba alejando de la académica maniera de los demás artistas italianos. Y a que no sabes cómo se llamaba, ¿lo sabes?

Caravaggio.

Se llamaba -y se sigue llamando- Caravaggio el lugar que fue su cuna en aquel 1571 y que le prestaría el nombre con el que los conoceríamos, desde el ocaso del XIX, a los dos: al pueblo y a él.

Luego vendría un día, uno de 1584 en el que, protegido por el príncipe Colonna, Michelangelo Merisi entraría al taller del pintor Simone Peterzano y empaparía sus primeras obras de la influencia no solo de aquel que fue su maestro, sino de otros grandes como Leonardo da Vinci, Lorenzo Lotto, Tiziano, Giorgione, Giovanni Bellini, Andrea Mantegna o Giulio Romano, en un Milán en el que una nueva escuela se abría camino en la pintura mientras trataba en sus temas la vida cotidiana y tenía una forma tan distinta de abordar la luz: será aquí donde Michelangelo aprenda el concepto de claroscuro, será aquí donde se dé cuenta de que no existe en el mundo, y en el arte, una única (el cielo) fuente de luz.

Al cumplir los 18 años nuestro joven de Caravaggio se marchará a Roma.

A pintar.

Quería pintar. Era lo que más quería y Milán se le quedaba chico para ello.

Andaremos con él el camino, llenito de peligros que se lo va a encontrar. Pero eso ya será mañana, sí, mañana lo andaremos con él...

jueves, 5 de julio de 2012

Pintor de sombras (II)

"Narciso"
Narciso, hacia 1598 - 1599

Óleo sobre lienzo, 122 x 92 cm

Roma, Galleria Nazionale d'Arte Antica, Palazzo Corsini 

Nadie sabe dónde está enterrado, si es que alguien llegó a enterrarlo en parte alguna. Dicen que encontraron su cuerpo tirado en la playa. Y que estaba muerto. Muerto y con los ojos muy abiertos mirando hacia Roma. Su destino. Su ansiado destino.

Pero solo dicen.

Que el eco de sus pasos lo extraviaron las olas aquella noche de julio de 1610.

Y serían los últimos.

Los pasos consumidos de fiebre y hambre, desesperados a la busca de una barca que lo alejara de aquella playa de Porto Ercole infectada de enemigos y de malaria: la playa a la que había arribado en busca de refugio en tanto le llegaba el indulto, y regresara a Roma. El lugar en el que nada más desembarcar sería hecho prisionero y confinado en un presidio.

Serían los últimos.

Y le debieron de pesar como costales al escaparse y correr por la playa. Al tener que liberarlos de los agujeros hundidos de arena mojada.

Como costales.

Y estaban heridos. Venían heridos desde Nápoles, en donde quisieron asesinarlos, a los pies, a los pasos, y los habían dejado medio muertos en la calle, con el recuerdo de una cicatriz en mitad de la cara. Habían bordeado la costa montados en una falúa. Heridos. Y desembarcaron aquí, en la playa en la que se hunden y la saliva en la boca les sabe a sangre.

Luego nadie volvería a escuchar más el ruido de las pisadas de sus zapatos. Nadie podría dar razón de la suerte que aguardó a aquel hombre perseguido por la justicia, proscrito, fugado de la isla de Malta de la cárcel en la que cumplía pena, una más, otra más, solo Dios sabría por qué causa.

Nadie. Desde esa playa. Nadie y llegarían después tres siglos prestos a olvidar su nombre, que <<Vino a destruir la pintura>>, quedaría de él dicho otro pintor, Nicolas Poussin.

Pero Michelangelo Merisi, Caravaggio, nuestro Caravaggio, que no contaba ni cuarenta años aquella última vez de los pies tirando de los pasos en la orilla, se llevaba sus manos grabadas con un poder inmenso: el poder de aquel que cambió para siempre el curso de la Historia del Arte

martes, 3 de julio de 2012

Pintor de sombras (I)

Te hablo de un pintor maldito.

De aquel que pintó las sombras habiendo salido de entre ellas.

A lo mejor no sabes ni cómo se llamaba, y puede que si te lo digo ni siquiera lo reconozcas, o puede que sí, y entonces tendrás que perdonar mi atrevimiento al suponer que quizá no sepas lo que en realidad sabes. Pero escucha, o mejor lee, este nombre:

Michelangelo Merisi.

¿Te suena? No vayas a tomarme por ignorante si te confieso que a mí, hasta ayer, no. Lo que pasa es que su obra sí que te sonará, y no poco. Basta con que te muestre una de ellas, cualquiera, da igual, para que te des cuenta de que sí, de que lo conoces, a él y a ellas, que las has visto una y mil veces ilustrando libros, colmando de prestancia los catálogos de decenas de museos de todo el mundo, y quién sabe si hasta puede que alguna de sus reproducciones no cuelgue enmarcada de una de las paredes del salón de tu casa, o de tu dormitorio, o qué sé yo.

"Descanso en la huida a Egipto" (detalle)
Descanso en la huida a Egipto (detalle). Hacia 1596 - 1597

Óleo sobre lienzo, 135,5 x 136,5 cm

Roma, Galleria Doria Pamphili

Mírala.

A que es hermosa. Sí que lo es: tan hermosa como no lo fue la vida de las manos que la trazaron. Tan sencilla su creación para los dedos como sencillos no le fueron a los pies ninguno de sus pasos.

Mírala y deja que su belleza te envuelva. Que aunque hecha de sombras también las sombras son bellas.

Mírala y ven conmigo, que voy a presentarte a uno de los artistas más fascinantes que ha dado la Historia del Arte:

Caravaggio. El pintor.

El proscrito.
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