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Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...

martes, 14 de octubre de 2014

La casita de madera

       
          
          Hay una casita de madera frente a mí. Tiene la puerta abierta y, en su interior, la luz tenue de un candil hace pedacitos las sombras que pudieran querer adueñarse de los rincones.

Detrás de la casita hay un lago. Un lago inmenso cuya superficie navegan cisnes, decenas de cisnes.


Desde el cielo la luna me mira. Una luna muy grande que parece ansiosa por enjugar sus rayos en esas aguas calmas del anochecer temprano de principios de otoño.


Titus B. está a mi lado. Sentado en la hierba y abrazado al Libro Grande. Está más delgado. Está más viejo.


Quiere que vayamos a la casita de madera.


Que subamos los pocos peldaños que separan la tierra de su puerta y entremos. Entremos sin llamar.

La casita de madera es nuestra.

Tiene que ser nuestra porque antes no estaba y ahora está. Porque este bosque mágico la ha levantado para nosotros. Y nosotros andamos hacia ella. Recorremos muy poquitos pasos, demasiado poquitos, y ponemos por fin un pie en el primer escalón. Los dos a la vez. Titus B. con sus pasos de duendecillo triste y viejo. Yo haciendo rechinar la madera bajo las suelas de mis botines verdes… 

martes, 16 de septiembre de 2014

El niño pastor

Carlo Dalgas, "The little shepherd boy"
Carlo Dalgas, The little shepherd boy

     Érase una vez un niño que no sabía leer, ni tampoco escribir. Conocía, eso sí, las letras. Las veía cada tarde dispuestas en cualquier parte cuando el sol se ponía y bajaba al pueblo con el rebaño. Las veía y como no sabía cómo se llamaban, decidió que daría a cada una el nombre que le pareciera más bello.

Las juntó luego. De esta manera. De la otra. Hasta formar con ellas un rebujón de palabras que parieron versos.

Y ahora déjame contarte un secreto… Pero, ¡chist! Que tiene que ser por lo bajito, que las leyendas son susurros y si las cuentas en alto las arrastra el viento.

Aquellos versos criaron unas piernas muy chicas.

Muy chicas.

No faltó, no, quien contemplase tal maravilla. Como tampoco lo hizo aquel que despertara una noche de madrugada, sobrecogido por el ruido de mil pasitos que saltaban de un cuaderno

El niño pastor apareció publicado, por primera vez, el día 2 de septiembre de 2014 en el número 4 de Acantilados de papel. Revista literaria en busca de literaturas posibles

martes, 22 de julio de 2014

Despertar...

          Luego, de repente, al bosque llegó la lluviaPrecedida de un relámpago que rompió la noche. Acompañada por un trueno que hizo temblar a los viejos árboles.

Titus B. tomó en sus brazos el Libro Grande y lo apretó mucho contra su pecho. Y buscó con desespero –alumbrado por la decena de asustadas luciérnagas que habían acudido a su encuentro al saberlo despierto de nuevo- el Manuscrito Voynich. Y me entregó el Libro Grande para que yo lo protegiera mientras él tanteaba, nervioso, el suelo mojado con sus manitas.

No lo encontró.

Ni la luz de las luciérnagas ni el fuego del siguiente rayo nos dejaron verlo. El Manuscrito Voynich se había hecho nada bajo la lluvia. Aquella lluvia fría que llegó para borrar del bosque cualquier retazo de otro mundo...

martes, 15 de julio de 2014

"Donde duermen los poetas": una posdata a mis sueños de París...

Tumba de Abelardo y Eloísa en Père-Lachaise, París. Fotografía de Eugène Atget
Tumba de Abelardo y Eloísa en Père-Lachaise, París.
Fotografía de Eugène Atget

 Sé de un rincón en el mundo adonde va a morir la poesía. Un lugar mágico en el que los gatos viven y el tiempo se detiene. La muerte transforma la soledad en bullicio. El silencio en besos. La paz en interminables paseos por avenidas cercadas de árboles centenarios que gritan al caminante anda, anda que este es el lugar en donde reposan los sueños pintados de letras. De música. De libertad.

Está en París, en la bella París, las puertas abiertas desde un día de mayo de 1804. Es la tumba de Oscar Wilde, de Abelardo y de Eloísa, de Apollinaire, Balzac, La Fontaine y Molière, de Proust, Prudhomme y Richard Wright… Se llama Père-Lachaise.

Père-Lachaise se llama el hermoso rincón del mundo adonde va a morir la poesía.

Este breve artículo apareció publicado, por primera vez, el día 1 de enero de 2014 en el número 3 de Acantilados de papel. Revista literaria en busca de literaturas posibles

martes, 1 de julio de 2014

Una noche llenita de estrellas

          Titus B. se despertó una noche llenita de estrellas.

Una noche cálida de principios de verano que hizo que el duende abriera sus ojillos somnolientos, hinchados tras tantísimas horas de sueño, y me mirara y me sonriera. Y tomara entre sus manitas las lentes y se las colocase levantando luego mucho mucho la cara, los huequecillos de la nariz muy abiertos para aspirar la tibieza de aquel aire que taponaba las sombras.

Para rellenar con él sus pulmones diminutos.

Para expulsarlo luego convertido en un aliento suave que recorrió el bosque de parte a parte... Se acomodó las ropas, bostezó y me acarició el pelo.

¿Qué había soñado él todos estos meses? ¿Habría volado, acaso, el viejo duende también a París? ¿O lo habrían llevado sus sueños aún más lejos, hasta algún lugar remoto solo conocido a través de las leyendas y los cuentos?

- Mujercita –me dijo en un susurro, una chispa de alegría prendiendo sus ojos de viejo-, mira, mira mis sueños
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martes, 24 de junio de 2014

Brocelianda

Gustave Doré, "Idylls of the King"
Gustave Doré, Idylls of the King
        He abierto los ojos. Los he abierto al alba y lo que veo ya no es París, ya no es Montmartre hecho con todos los colores posibles -así mezclados sin ton ni son e iluminados por un sol que alumbra más allí que en ningún otro sitio- y lleno de lienzos y de vida que bulle entre sus callejuelas y que allí es vida.

Ahora veo de nuevo un universo alrededor de Brocelianda que me rodea y me asfixia. Y me levanto y corro a acurrucarme junto al pequeño Titus B. que es mi aliento en todo este mundo grande y verde. El duende dormido que abre sus ojillos perezosos y busca con ellos los míos y parece decirme:

- Mujercita, estás aquí. En el bosque estás a salvo. En la tumba de Merlín los sueños y la magia están condenados a vivir eternamente

martes, 10 de junio de 2014

París no se acaba nunca...

Eugène Atget, "Organillero"
Eugène Atget, Organillero

          <<París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices>>.
                                                                
   Ernest Hemingway, París era una fiesta
                         

miércoles, 21 de mayo de 2014

Shakespeare and Company

Shakespeare and Company, París
Shakespeare and Company, París
A las puertas de Shakespeare and Company unos jóvenes cantaban y tocaban la guitarra.

         En su interior el universo entero se transformaba en libros. Cientos, miles, qué sé yo. Había sillones aquí y allí para sentarte a leer esos libros, y había mesitas de escritorio y máquinas de escribir y escaleras por las que subían y bajaban muchas, muchas, muchas personas que no llegaron a verme porque yo las estaba soñando y porque ellas entonces ya se habían dejado los ojos perdidos en algún rincón de aquel mundo hermoso, rarísimo, desconcertante... maravilloso.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Sueños de París

Jacques-Louis David, "María Antonieta camino a la guillotina"
Jacques-Louis David, María Antonieta camino a la guillotina
En la Conciergerie la reina María Antonieta rezaba cubierta por un manto negro. Estaba allí presa. Sus carceleros jugaban a las cartas. El mundo en torno a ella se había revestido de piojos, de soledad, de mugre…

De modo que mis sueños rodaron pronto de aquella celda. Echaron a nadar río abajo, río abajo, y alcanzando la otra orilla se sentaron en la escalinata que asciende hasta el museo de Orsay. Y durmieron, volvieron junto al Sena a dormir mis sueños...

miércoles, 23 de abril de 2014

Notre Dame de París

Notre Dame de París
Notre Dame de París
En Notre Dame un sacerdote oficiaba una misa. Yo lo escuchaba sin entender lo que decía. Lo escuchaba como escucho en las noches el aleteo de las luciérnagas con su murmullo inagotablehermoso.

Fuera miles de pajarillos trinaban bajo el sol y entre los setos. Y yo dormí -o soñé que dormí- tendida boca arriba sobre uno de los bancos corridos que jalonan la explanada que antecede a la catedral y ofrecen descanso a los peregrinos y reposo a aquellos que, como yo, solo estuvieran soñando París

miércoles, 9 de abril de 2014

París...

Armand Guillaumin, Notre Dame de París
Armand Guillaumin, Notre Dame de París
Otra tarde soñé que surcaba el Sena a bordo de un barco inmenso, que gustaba de abrir en dos unas aguas –cual Moisés ante el mar Rojo- que habían pasado el tiempo esmerándose en atrapar los últimos rayos de un sol moribundo.

Para mezclarse con ellos, igual que si fueran amantes.

Para llenarme los ojos de esa luz que un día buscaron y un día plasmaron los pintores en sus lienzos. Esa luz distinta y hermosa que no vi en rincón ninguno de Brocelianda. Que empapaba las aguas. Que se reflejaba en cada piedra, en cada árbol…

Que se empeñaba en alumbrar mis pasos mientras Titus B. dormía y yo soñaba París

miércoles, 26 de marzo de 2014

Soñé París...

Thomas Alva Edison y Gustave Eiffel en la Torre Eiffel
Thomas Alva Edison y Gustave Eiffel en la Torre Eiffel

       Soñé con París.

     Todas esas noches que el duende y yo debimos haber andado el camino, soñé que recorría las calles de la ciudad más hermosa que mis ojos hayan visto.

     Soñé sus bulevares, sus jardines, sus cafés con mesas diminutas que se acurrucan junto a dos sillas de juguete. Soñé. Soñé y viví.

      Y subí a lo alto de la Torre Eiffel. Y contemplé a su ingeniero y a Thomas Alva Edison, que hablaban, que compartían un tiempo que se había detenido alrededor de una mesa de escritorio

martes, 25 de febrero de 2014

29. Hasta la primavera...

El bosque esta noche ya no es bosque, sino páramo. El aleteo de los libros volantes traspasa el aire frío del último tramo del invierno. Titus B. está dormido. Duerme desde hace quince amaneceres y no quiere despertar.

No quiere.

Hasta que llegue la primavera y Brocelianda se cubra con su mejor manto de flores.

No quiere.

Y yo lo miro y lo dejo así, hecho una bolita de algodón que se acurruca en el hueco abierto a los pies de un almendro mágico. Lo dejo así, cierro los ojos de nuevo y trato de dormir también.

Hasta la primavera

miércoles, 12 de febrero de 2014

28. No pensar, no recordar, no sentir...

      
         Una lengua de hielo lame esta mañana las ramas de los árboles. Las lame y deja tras de sí una estela húmeda que se va condensando en mil gotitas de rocío.

Titus B. duerme. Duerme plácidamente como buen duende viejo y cansado. Yo observo el mundo que me rodea. Abro mucho los ojos y los oídos y trato de no pensar, de no recordar, de no sentir...

martes, 4 de febrero de 2014

27. El fin de la noche

El duende cierra el Libro Grande y guarda silencio. Aún no ha concluido la retahíla de apuntes teóricos que tienen que ver con nuestro manuscrito misterioso, pero esta noche ya no quiere seguir leyendo. Se acerca el alba y él va acortando los pasitos. Las luciérnagas que lo envuelven –sabias en los infinitos secretos que los duendes ocultan en la mirada- en su aleteo diminuto emprenden el camino de vuelta hacia las ramas más altas de los árboles. Titus B. me mira desde el fondo de sus lentes minúsculas. Me mira y busca un cobijo en donde sentarnos y comer algo. Quiere descansar

miércoles, 29 de enero de 2014

26. El sistema de escritura “Voynichés”


- El Manuscrito Voynich consta de 40.000 palabras formadas por entre 19 y 28 caracteres distintos

- Estas palabras se componen, en su mayoría, de 4 a 7 letras incomprensibles basadas -según la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale- en caracteres romanos minúsculos

- Suele tener entre 8 y 12 palabras por línea y de 10 a 40 líneas de escritura -carente de signos diacríticos o de puntuación y elegante, fluida y en cursiva (los expertos la definen como “cursiva humanista italiana”)- por página

- Casi todas sus páginas (excepto 33) aparecen ilustradas y en ninguna de ellas hay errores, tachaduras o correcciones: solo una enmienda

- En la primera página hay una firma casi ilegible que alguien se ocupó de borrar de manera intencionada

martes, 21 de enero de 2014

25. Volver a caminar...


El librito aletea, aletea de nuevo queriendo escapar de unos dedos –los míos- que lo aprisionan y le impiden volar.

Titus B. está despierto. Abrió los ojos al suave susurro de mis palabras, de todas las palabras que lleva el librito escritas en sus entrañas, pero no dijo nada. Se acomodó en su escondite de hojas secas muy grandes, demasiado grandes sobre su cuerpecillo, y volvió a cerrarlos, tranquilo de que no fueran las páginas del Libro Grande las que estuvieran recorriendo mis ojos. Pero las hojas del libro volante ya se han terminado. Levanto los brazos, muy alto, muy alto, todo lo que puedo por encima de mi cabeza, y contemplo de ese modo al anciano sol moribundo. Abro las manos. El pequeño libro estira las páginas. Las estira mucho, como si se desperezara, y echa a volar. Libre, libre al fin, vuela en busca de un lugar cualquiera, lejos de mí, en donde descansar. Yo cierro los ojos y aguardo. Aguardo a que el duende se levante y leamos o andemos o guardemos silencio. Que el bosque se recoge ya sobre sus ramas. Es hora de volver a caminar…

martes, 14 de enero de 2014

24. 9ª página: Calígula


           A lo lejos suena el mar. Es solo un murmullo, un susurro. Él no lo conoce. No conoce el mar aunque se coloca cada día a su izquierda, orilla adentro, en donde ya la playa se pierde y comienza el asfalto y la gente y sus cosas. Avenida del mar, se llama el espacio negro por el que él trota, desde el alba hasta bien entrada la madrugada: Avenida del mar.

                               
Su dueño lo golpea con un látigo rabioso cada vez que aparta la vista del frente, siguiendo el rastro del murmullo. Y cuando no es su dueño es el miedo. El miedo que se extiende por todas partes, que forma pitidos, vehículos que pasan a su lado casi rozándolo, casi pisándole las pezuñas…


Se llama Calígula, por aquello de que su amo es un historiador fracasado. Tiene las crines blancas trenzadas y la cola larga que apenas mueve para sacudirse una mosca. Tiene muchos años y unas orejeras que no le dejan ver el mar.


Mis vacaciones de verano las paso, día sí día también, sentado en la lustrosa calesa de clavos dorados de la que tira en un gracioso tintineo. No siento lástima ni nada, solo alegría y una extraña sensación de libertad que me hace abrir mucho la boca para gritar con fuerza… y mirar a mi abuelo, que va contento a mi lado. Solo tengo cuatro años.


Cuando cumpla catorce escribiré esto y Calígula ya no vivirá. O si lo hace será tan viejo, y sus huesos estarán tan gastados, que ya no podrá tirar más de ninguna calesa de clavos dorados. Su amo lo venderá entonces por dos duros al encargado de un matadero. Calígula no sabe estas cosas, pero se las imagina. Igual que tampoco sabe cuál es el color con que se visten los susurros, y sin embargo, él lleva el alma teñida de mar.
           
                                                                                              Lola García de Luna

       Este relato apareció publicado, por primera vez, el día 16 de octubre de 2013 en La Esfera Cultural (http://programalaesfera.blogspot.com.es/2013/10/caligula.html?spref=twy forma parte de la antología ¿Vacaciones?, si yo te contara... editada por La Esfera Cultural. Parque literario y cultural, Santa Cruz de Tenerife, 2013

martes, 7 de enero de 2014

23. 8ª página: El hombre sin brazos


Al hombre sin brazos lo verás en la calle. En cualquier calle de cualquier gran ciudad. Yo lo vi en París la última vez que fui. Y me dio miedo. Porque el hombre sin brazos va medio desnudo y es enero. Porque sujeta un vaso de plástico con los dientes. Y lo mueve. Lo zocotrea haciendo sonar las cuatro monedas que lleva dentro. Como una esquila cansina. Lo zocotrea mientras gruñe. No habla. No sé si habla. Solo gruñe. Y se me acerca sin brazos, a mí, que me cruzo con él en esa calle. Y me da miedo su esquila de plástico y céntimos. Su boca grande hecha de gruñidos. Su cuerpo mutilado.

Y aprieto el paso.

No quiero sentir el frío de esos brazos que no existen. No quiero escuchar su voz ahogada por un vaso de limosnas.

Y huyo.

Lola García de Luna


     Este relato apareció publicado, por primera vez, el día 1 de octubre de 2013 en el número 9 de la Revista Literaria Monolito

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