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Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...

martes, 10 de diciembre de 2013

21. 6ª página: Ladrones de lágrimas


Cada tarde, cada tarde se le oye.

Muy bajito.

Por eso tienes que poner mucho cuidado. Fijarte bien. Que su llanto no está hecho de voz. Ni sus lágrimas son líquidas.

El sol llora con luz.

Con luz enrojecida y dolorosa. Con luz que se cuela por entre los raíles de las vías del tren y se condensa en charquitos de lágrimas luminosas que te salpican cuando los vagones del convoy les pasan por encima. Y los deshacen.

En mil gotitas.

Los deshacen.

Por eso a todo el mundo le gustan las estaciones de tren. Por eso les gusta sentarse al atardecer en los bancos de piedra que jalonan sus andenes.

A esperar.

Y mirar arriba. Arriba. Por encima de la cabeza del hombre de la bandera.

Al cielo.

Y aunque sé que no me creerás te voy a contar un secreto, presta atención, porque no sabes que muchos de los viajeros que ves a esa hora en los andenes ni siquiera lo son. No sabes que no están allí para coger un tren. Ni que algunos quizá mueran sin haber subido a uno.

Pero les da igual.

Porque lo que ellos buscan en la estación no es el traqueteo amodorrado de los trenes. Ni su incansable historia de caminos y más caminos. Ni siquiera las almas que escupen y que recogen a cada paso, les interesan: ellos solo quieren pararse con las manos extendidas y recoger lágrimas.

Con las palmas formando cuenquitos.

Muchas lágrimas.

Cuantas más, mejor.

Las lágrimas del sol que llora porque se muere y solo se oye morir en la estación.

Hasta mañana.

Hasta mañana que regresen de nuevo. A por más lágrimas. Cuando el sol se esté muriendo.

Regresarán.

Lola García de Luna

Este relato apareció publicado por primera vez el día 30 de octubre de 2012 en Cavea. Revista Cultural 2.0


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