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Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...

domingo, 24 de febrero de 2013

36. La Villa de los Maestros

Villa de los Maestros

Hace muchos años vivió en el bosque un hombre que siendo ya viejo quiso ser maestro.

Tengo una semilla que plantar, se repetía a sí mismo -entre lastimeros sollozos y enormes lagrimones- constantemente, la semilla del conocimiento.

Pero como no tenía a nadie a quien enseñar porque nadie más había en esa parte de Brocelianda, y como de tan viejo las fuerzas se le escapaban del cuerpo a cada paso que daba, decidió que algo habría de hacer para cambiar su mala fortuna.

Sentado a la mesa atestada de manuscritos que presidía su laboratorio, se encomendó de día al sol y de noche a la luna y, sin dormir nunca, se entregó a una danza frenética con don Tiempo su enemigo.

Dibujaba. Dibujaba. El alzado. La planta. El perfil. Los árboles. Las nubes... Hasta que sobre el pergamino vio aparecer la más hermosa de las ciudades por ojos de hombre jamás conocida.

Entonces durmió. Un siglo. Dos. Eso nunca se sabrá porque nadie contó aquellas horas y él no supo dar certeza de cuántas transcurrieron. Se sabe, eso sí, que al despertar tomó el trabajo realizado y salió en busca de un arroyo. Encontrando las aguas mansas muy quietas y calladas se sintió aliviado... Tenía un miedo espantoso al agua.

         Arremangándose, metió con cuidado las manos en el líquido y salió con ellas llenitas de gotas que fue derramando una a una sobre el dibujo, en tanto que en voz alta recitaba conjuros de muy antiguo y ya olvidados.

Un puñado de tierra tomó luego. Un pelín de aire... y encendió con todo ello una hoguera que prendería sin miramientos la hermosa ciudad no creada.

El fuego creció y creció auspiciado por el viento y consumió el pergamino. Corrió en busca del pobre viejo desventurado y lo hizo presa y carne quemada.

una noche muy fría se extinguió.

Al momento quedaron dispersos el humo y las cenizas. Y pudo verse a la luna asomándose muy triste a la orilla del arroyo. Todo ese tiempo había guardado en los ojos una lágrima que calmara el dolor del viejo. Pero por más cuidado que puso en buscarlo él ya no estaba.

En su lugar cien pináculos le arañaron la nariz y le provocaron sonoros estornudos.

Cien pináculos. Y una ciudad desconocida, hechizada y vacía que le sonreía adormilada.

domingo, 17 de febrero de 2013

35. Los signos

Nimue no tiene marcas, Titus B.

Pobrecita, me ha dejado a mi antojo buscar y rebuscar por su piel los misteriosos signos que en ella ha dicho ver el duende. Pero no los encuentro.

Titus B. está callado y enfadado y asustado y no sé cuántas cosas más. De modo que ni habla ni hablará. Y la luna, entre tanto, se apaga y la "tapadera de la marmita" se va tiñendo de a poco de un azul extraño, cuasi artificial. Pronto se hará de día y tendremos que volver a ocultarnos de la luz. Llegará de nuevo la noche y no habré logrado arrancar al duende de debajo del árbol que lo atrinchera.

Tienes que esperar, Titus B. Esperar el amanecer sin cerrar los ojos... ¡Tienes que ver los diamantes!

Entonces en el bosque se oye un suspiro, largo, profundo. Proviene de uno de esos rincones que todos tenemos en el pecho, uno de esos de muy muy adentro y que en los duendes tiene que ser chiquísimo.

- ¿Titus B.?

Nimue me empuja con su hociquillo húmedo. La tomo en brazos y observo más de cerca su piel suavecita...

- ¿Qué tienes aquí?

Están hechos de sangre, los signos. Un reguero de puntitos de sangre reseca que de tan tenues nadie hubiera podido apreciar a simple vista.

- Nimue...

Se retuerce entre mis brazos. Quiere que la suelte.

Nimue...

La dejo en el suelo y echa a correr hasta las viejas raíces de la magnolia que ocultan al duende. Se agacha y se arrastra. Y desaparece entre el montón de madera y sombras.

Cerca del cielo, cientos de pajarillos comienzan ya a abrir los ojos despacio. Despacio. A abrir los picos. A llamar la atención del sol. A lo lejos algo sigue brillando en el camino, a lo lejos...

Sentada de nuevo en el lecho, aguardo a que el duende salga de entre las sombras, abra el Libro Grande por alguna página secreta, se coloque las lentes sobre la nariz regordina y mire hacia la senda. Y contemple sobre el horizonte maravillas que tú ni has soñado...

sábado, 9 de febrero de 2013

34. Cosas de duendes

Rayo de luna

Algunos duendes son muy miedosos. Por eso tal vez nunca puedas ver ninguno. Ni aunque alguien que vaya contigo una tarde andando por el bosque te diga: mira, allí hay un duende sentado comiendo almendras. Nada. Seguramente no tendrías forma de verlo porque antes, mucho mucho antes de que te hubiese dado tiempo a levantar los ojos desde donde los tuvieras puestos y los llevaras hasta el punto ese que tu acompañante te señaló, la criatura ya se habría esfumado.

Titus B. es así. Es uno de ellos. Se oculta. Se esconde de todo lo que no sea yo. Por miedo. Por terror.

Solo si lo que quiera que sea se está muy quieto, como pasó aquella vez con la paloma mensajera, tiene el atrevimiento de quedarse. Pero solo así. Solo entonces. Y esta vez, teniendo encima a Nimue, poco más y le da un ataque. De verdad que no exagero. De verdad que no.

De modo que esta noche, porque ya se ha hecho bien de noche y la luna está bien grande en lo alto del cielo, de modo que esta noche, digo, para conseguir que haya llegado a asomar siquiera un pelo de la barba de entre las raíces hemos tenido que esperar mucho, pero que mucho tiempo.

Fue un rayo de luna. Uno de esos muy anchos y fuertes que se coló por entre su miedo y las sombras, el que logró que desplegara las orejas el duende. Y quisiera oírme. 

- No te dé miedo de Nimue... Se llama Nimue, Titus B. Anda, sal.

Vi a mi mano derecha tenderse hacia él. Sentí la dureza del suelo atravesándome la ropa para clavarse en mis rodillas. Escuché el ruidillo cercano de unos dientes que entre sí estaban chocando. Me agaché más. Más. Pobres dientecillos de duende, iban a terminar en cachitos.

Titus B., esta mañana he visto la tierra llenita de diamantes... Nimue me los enseñó. ¿De qué tienes miedo? Ella no es mala... no es de ahí afuera. Es de aquí, de Brocelianda... Asómate a verla. Asómate, viejo miedoso, que es muy bonita.

No se va a asomar, me dice su tiritona. Quiere que me acerque, que me quiere decir una cosa y que tiene que ser por lo bajito. Por lo bajito...

Ella lee los labios. Sabrá lo que me dices.

Nimue está a mi lado. Tan cerca que escucho su respiración desinquieta y puedo notar el calor de su cuerpo colándose por entre mis faldas. Si me agacho ella se agacha. Si me acerco al duende más se acerca ella.

        - Mírala bien, mujercita. Mira las marcas que tiene en el cuello...

domingo, 3 de febrero de 2013

33. La senda de los diamantes

Dicen que un pájaro no entona dos veces la misma canción. Que esa melodía que te paraste aquella tarde de enero a escuchar con los ojos cerrados y la piel manchada de frío ningún otro, ni siquiera él mismo, volverá a repetirla jamás. Dicen, pero no sé si es verdad. A lo mejor sí. A lo mejor cada vez que despegan sus picos lisitos sueltan al mundo, a tu mundo, algo que por tan hermoso no pueda más que desvanecerse. Desvanecerse, para que siga siendo eso, hermoso. Para que nadie pueda corromperlo...

Pasa con todo: con los cantos de las aves que hasta que anochezca colmarán el bosque; con el agua de ese mar que nunca tuve delante... o con los diamantes que estoy viendo ahora mismito cuajar la tierra.

Sí sí. Como lo lees. Cuajarla. Que no hay uno ni hay dos. Que hay miles. Cientos de miles de piedras chiquininas que relumbran a la luz de un sol que les sonríe galante. Que las viste de colores. Que las hace brillar.

Y la tierra encantada. Dispuesta a dejarse mirar por quien quiera verla así tan elegante. A ella: la muy desnuda, la muy coqueta.

Forman dos filas de a uno. Una a cada lado del camino. Son ordenados. Son tranquilos. Tienen toda la vida que lleva el planeta, y toda la que les queda hasta que este se muera, por delante.

Si te fijaras bien podrías verlos andar o, más que andar, rodar. Un poquito a cada vez, un poquito a cada vez... 

¿Hasta dónde, Nimue?

Sus ojos infinitos se apartan de mis labios. Los ha estado viendo abiertos como tumba destapada. Como pozo descubierto. Agacha la suave cabecita rizada y mira al suelo. Y enarbola su pata izquierda como el soldado se aferra a su bandera. Escribe. Escribe de nuevo y mira al fin al horizonte. Hasta donde veo morir la línea luminosa de diamantes.

¿Qué hay allí? ¿Qué es lo que tú ves, perrita, que yo no alcanzo?

Sin haber completado una palabra emborrona las letras del suelo y echa a andar. Camina derechita hacia el duende con unos pasos que ahora no son pasos, que son saltos. Nimue cojea cuando anda y disimula el dolor si corre.

¿Qué te ha pasado?

Cuando llegue al pie del letrero de madera se inclinará -Titus B. es a su lado un rebujón de piel con pelo al que se oye respirar muy bajito, abrazado como un niño viejo al Libro Grande- y dejará sentir la humedad de su lengua, cálida y blandita, sobre el cuello descubierto del duende.

Desde la distancia que me prestan varios pasos lo veré abrir un ojo, cerrarlo, y abrir al poco el otro. Que los duendes son capaces de hacer cosas muy raras con la cara. Y lo oiré gritar Mujercita. Y levantarse de un salto y correr a ocultarse como un rayo entre las cansadas raíces de la magnolia...
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