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Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...

martes, 17 de diciembre de 2013

22. 7ª página: Leyenda de la Dama Blanca

Waldemar Eide
Waldemar Eide

La Dama Blanca es muy joven. Y también muy hermosa. No la habrás visto nunca porque vive lejos de aquí, en un castillo rodeado de bosques y montañas blancas. Como ella. Ella es blanca como la nieve que se cuaja en la cresta de los montes en invierno. Como la seda de los vestidos que le cubren el cuerpo.

La Dama Blanca.

Se pone muy triste si no contempla el lago. El que se adentra en las montañas, tan cerquita de su castillo. Por eso sale y por eso lo busca. Para verlo. Para mirar y mirar, y dejarse los ojos perdidos en sus aguas serenas. En su danzar de ondas inagotables.

La Dama Blanca acude todos los díassin faltar ni unoa vigilar el lagoVigila que nadie trate de vaciar sus aguas.

Que las nubes no las absorban.

Que la tierra no se las quite. Y las haga suyas.

Vigila el lago.

Lo vigila y una mañana se da cuenta de que no están todas sus ondas. Dónde están. Dónde están las ondas que son suyas. Hay menos agua en el lagoesa mañana. La tierra se la está tragando. Maldice a la tierra ladronala maldice y trata de reponer las aguas usurpadas por la tierra con su propio llanto.

Llora.

Pero todos sus litros vertidos de lágrimas no son suficientes para volver a llenar el lagoY ella se deshaceDeja que la vida se le escape hecha agua que la tierra se traga. Estate quieta, tierra, deja de tragarte el agua. Que la Dama Blanca se muere. ¿No lo ves? ¿No ves que se muere?

Una noche un pescador irá a echar sus redes al lago y la encontrará muerta. Si te lo he dicho, tierra, que se moría. Y no te ha importado.

La llevará al castillo, el pescador. La pondrá en los brazos de su padre y regresará a recoger las redesque ahora pesan. Pesan mucho y no cargan peces cuando las saca. No. Las redes pesan porque han cogido un rayo de luz que parece de lunapero que no es de luna.

Se escapa de la trampa, el rayo de luz que parece de luna, y va a posarse al centro de las aguas.

Danzando.

Danzando.

Se deslizará sobre las ondas. Las agarrará. Agarrará las aguas.

Danzando.

Danzando.

Que la tierra ya no se las podrá llevar. Que ahora se las tendrá que arrancar de la piel a la Dama Blanca.

Lola García de Luna


Este relato apareció publicado por primera vez el día 10 de junio de 2013 en Cavea. Revista Cultural 2.0

martes, 10 de diciembre de 2013

21. 6ª página: Ladrones de lágrimas


Cada tarde, cada tarde se le oye.

Muy bajito.

Por eso tienes que poner mucho cuidado. Fijarte bien. Que su llanto no está hecho de voz. Ni sus lágrimas son líquidas.

El sol llora con luz.

Con luz enrojecida y dolorosa. Con luz que se cuela por entre los raíles de las vías del tren y se condensa en charquitos de lágrimas luminosas que te salpican cuando los vagones del convoy les pasan por encima. Y los deshacen.

En mil gotitas.

Los deshacen.

Por eso a todo el mundo le gustan las estaciones de tren. Por eso les gusta sentarse al atardecer en los bancos de piedra que jalonan sus andenes.

A esperar.

Y mirar arriba. Arriba. Por encima de la cabeza del hombre de la bandera.

Al cielo.

Y aunque sé que no me creerás te voy a contar un secreto, presta atención, porque no sabes que muchos de los viajeros que ves a esa hora en los andenes ni siquiera lo son. No sabes que no están allí para coger un tren. Ni que algunos quizá mueran sin haber subido a uno.

Pero les da igual.

Porque lo que ellos buscan en la estación no es el traqueteo amodorrado de los trenes. Ni su incansable historia de caminos y más caminos. Ni siquiera las almas que escupen y que recogen a cada paso, les interesan: ellos solo quieren pararse con las manos extendidas y recoger lágrimas.

Con las palmas formando cuenquitos.

Muchas lágrimas.

Cuantas más, mejor.

Las lágrimas del sol que llora porque se muere y solo se oye morir en la estación.

Hasta mañana.

Hasta mañana que regresen de nuevo. A por más lágrimas. Cuando el sol se esté muriendo.

Regresarán.

Lola García de Luna

Este relato apareció publicado por primera vez el día 30 de octubre de 2012 en Cavea. Revista Cultural 2.0


martes, 3 de diciembre de 2013

20. 5ª página: Cosas que nadie más sabe

Elizabeth Forbes, "El libro abierto"
Elizabeth Forbes, El libro abierto

       Otras veces me cuenta cosas que nadie más sabe. Cosas secretas. Secretos con mayúsculas.

Pero tú eres un libro, Libro sin nombre -me entran muchas ganas de decirle entonces porque no es poca la fuerza con la que lo pienso-. Y los libros es eso lo que tienen, que su mismísima idiosincrasia los traiciona y les hace airear al mundo lo que el pobrecillo cree que solo, así a escondidas y de noche y medio dormido, me cuenta a mí...

Y, sin embargo, quién dice que no lleva él razón en su pensamiento y yo error en el planteamiento este.

Porque qué es la lectura sino un diálogo profundo y hermoso que se entabla entre dos almas que están muy lejos, uno de los más profundos y más hermosos que el ser humano pueda establecer con un igual, aunque de ese igual lo único que queden sean sus letras...

De modo que, sabiendo como sé que no se mantiene una conversación idéntica con dos personas distintas porque el que está enfrente ya no será el mismo, de qué me extraño cuando el Libro sin nombre me dice te voy a contar un secreto que solo vas a saber tú...

Nadie hay en el mundo que entienda lo que él dice de la forma en que lo hago yo ;)

martes, 26 de noviembre de 2013

19. 4ª página: El hombre enamorado de la noche

Carl Spitzweg, "Escena iluminada por la Luna con las ruinas del castillo"
Carl Spitzweg, Escena iluminada por la luna con las ruinas del castillo

       Por sus pasadizos vaga un hombre enamorado de la noche.

Cuando a lo lejos vislumbro su silueta cierro el Libro sin nombre. Cierro los ojos y las manos y aprieto con fuerza una tapa con otra.

Quiero hacerlo prisionero.

Sí, prisionero. Porque será mío el tiempo de esta forma. Mío el poder de unir a ese hombre con su amada. Mía la espera y la tardanza. La vida que vive en el libro y se abre dentro de mí cuando lo abro. Cuando paseo los ojos por sus letras y camino sus calles negras escuchando el suspiro que alguien lanza al aire helado. Y lo guardo en este pecho que es libre entre callejas solitarias.

Entre unas voces que no se escuchan.

Entre palabras que son ecos muy viejos. Que vienen montadas en un viento tan lejano...

martes, 19 de noviembre de 2013

18. 3ª página: El "Libro sin nombre"

José Ferraz de Almeida Júnior, "Moça com livro"
José Ferraz de Almeida Júnior, Moça com livro

         El Libro sin nombre es un laberinto.

Uno oscuro y secreto que recorre las entrañas del tiempo y del espacio como una culebra hambrienta, ansiosa, de mentirijilla.

En sus muros no hay antorchas que iluminen el paso de aquel que en él se adentre. Que serán los ojos.

Tus ojos.

Los míos.

Los que, encendidos de letras, harán solitos de luz...

martes, 12 de noviembre de 2013

17. 2ª página: El libro, la noche y las letras...

Jessie Willcox Smith
Jessie Willcox Smith
Qué importa su título. Cuánto qué lápices dibujaran sus letras... Ya te dije que se trata de uno de tantos libros desdeñados: del Libro sin nombreNi siquiera recuerdo quién me lo puso en las manos. No podría contarte qué fue de él en todo el tiempo que duró su viaje de camino a casa. A lo mejor recorrió muchos kilómetros antes de encontrarme. Montó en trenes y autobuses. Dejó atrás el mar. A lo mejor...

Y nunca me lo va a decir. Porque es sufrido y callado y nunca dice nada. Ni lo hizo cuando lo abandoné en la estantería a la sombra de otros más viejos, más altos y más serios; ni lo hace ahora, cuando lo busco y lo anhelo. Y aguardo a cada instante a que caiga la noche para tomarlo entre mis dedos.

Montoncito de papel borracho de sueños...

martes, 5 de noviembre de 2013

16. Primera página: La vida de los libros

Adolf Schrödter, "Don Quijote en la biblioteca"
Adolf Schrödter, Don Quijote en la biblioteca

        Los libros también tienen vida. Aunque egoístas como somos creamos que no, que la vida solo es propia de los seres que llevan sangre correteando de arriba abajo por el cuerpo.

Los libros viven y su vida en ocasiones se parece mucho, tal vez demasiado, a la nuestra: capaces como son de arañar gloria y miseria. Abandono. Olvido. Soledad.

La claridad que se cuela por la rendija del bolsillo de una chaqueta que lo pasea orgullosa por las calles.

O la oscuridad.

Esa que llena el rincón más polvoriento de una habitación que ya nadie abre, y que le sirve de carcelera...

Si quieres puedo contarte la historia de uno de ellos. Está aquí ahora, conmigo, amodorrado entre un montón de cuadernos y bolígrafos de colores sobre mi escritorio, tan cerca que me roza la piel mientras esto escribo.

Es gordo y tiene las páginas muy finas. Llegó a mis manos ataviado con su mejor traje de tapas medio marrones medio amarillas.

Quería gustarme y yo no le hice caso, pobre criatura de papel.

De manera que hoy, al tomarlo entre los dedos poniendo cuidado de que no lo vaya a rozar el aire, no soy capaz de alejar de mi cabeza la idea de que a lo mejor una vez, apretujado en el último hueco de la estantería, una lágrima invisible se formó en su barriguita de hojas con la tinta deshecha de las letras.

Por mi culpa...

martes, 29 de octubre de 2013

15. El pequeño libro volante

Fue un golpecito -muy suave, casi una caricia- en la punta de la nariz lo que me hizo abrir los ojos siendo de día. No estaba dormida, ni siquiera sentía el cansancio de tantos soles... Me incorporé y lo vi sobre mi regazo. Era muy chico, muy chico, y aleteaba como un pajarillo herido. Apenas sabía volar. Lo cogí y me lo acerqué a los ojos: era un libro volante bebé. Tenía muy pocas hojas y la mayoría estaban aún por escribir; tenía las tapas blanditas y unas páginas que había que pasar con cuidado para que no se deshicieran solo con el tacto.

Libro sin nombre, rezaba la portada. Luego un folio en blanco, y otro, y así hasta que fueron llegando las primeras letras, tan hermosas que… Las leí, las leí en voz alta para que tú me escucharas y Titus B., aunque malhumorado, se despertase. No lo hizo, pero tú si podrás oírme. Escucha...

martes, 22 de octubre de 2013

14. A este lado del universo

Hasta que el sol se muera de nuevo el duende dormirá y, con él, lo harán todos mis anhelos. Los secretos de Brocelianda están velados a cualquiera que venga de muy lejos y yo, yo no pertenezco al bosque. Brocelianda solo es mi refugio. Un refugio inmenso en el que casi nada de ahí afuera -de tu mundo- es capaz de penetrar.

De modo que, tumbada boca arriba sobre la húmeda hierba de otoño, cierro los ojos y trato de ordenar las ideas que se me han ido, con las noches y el desvelo, embarullando en la memoria.


Sus letras que no pueden leerse.

Sus páginas que se desdoblan. Sus páginas robadas.

Las mujeres desnudas que se bañan cualquiera sabe en qué pócimas y lo llenan todo de piel muy blanca y líquido fresco e invisible.

Las constelaciones desconocidas.

Las flores, las hojas, las plantas que nunca unos ojos vieron en la naturaleza…

¿Quién lo escribió?

¿En qué fecha están datadas esas 102 hojas? Ah, sí… ya recuerdo. El duende lo mencionó, mencionó algo como… el siglo XV.

¿Quién robó las hojas que le faltan? ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo pudo este librito anciano escapar de la Beinecke y llegar hasta aquí?

A mi derecha, acurrucado como una bolita de algodón, Titus B. respira bajito. Tiene la cabeza apoyada sobre el Libro Grande y una hoja de higuera le cubre la cara para que no pueda ver el sol, ese sol recién nacido que calienta la vida a este lado del universo… 

martes, 15 de octubre de 2013

13. De las páginas que faltan

               -    ¿Alguien le arrancó varias páginas?

Una luciérnaga vuela muy despacio alrededor de la nariz del duende. A veces se posa sobre ella, por delante de las lentes que tiñe con su hermosa luz dorada. Le hará cosquillas. Tiene que estar haciéndole muchas cosquillas y él ni se inmuta. Solo asiente, asiente con unos ojos que no me miran porque están clavados en el Libro Grande...

               -    Pero, ¿quién, Titus B.? ¿Por qué? ¿Para qué?

En el horizonte, la amenaza de un sol demasiado próximo hace que cierre el Libro y me mire. Al fin, al fin me mira el viejo duende mientras dice:


No lo sémujercita -sin despegar siquiera los labios... 

martes, 8 de octubre de 2013

12. Un mes y muchas lunas...

Casi un mes y muchas lunas han pasado desde la última vez que nos encontraste aquí. Casi un mes y algunos silencios que, sin embargo, rompí en otros lugares… (https://www.facebook.com/LolaGdeLuna

https://www.facebook.com/LolaGdeLuna

Búscame, búscanos ahí -dice Titus B. que te escriba-, cuando no des con nosotros en el bosque.

Es tu casa :)

miércoles, 11 de septiembre de 2013

11. Una ficha para nuestro manuscrito

Titus B. es esta noche un duendecillo nervioso. Aunque, como de costumbre, lee el Libro Grande con voz alta y firme, a ratos cierra los ojos, respira muy fuerte y guarda silencio, un silencio muy largo y muy pesado, y busca ansioso a su alrededor entre la tierra y las luciérnagas.

- ¿Qué es lo que buscas, maestro?

Levanta los ojillos de la tierra y los deja clavados en los míos.

- ¿Qué buscas?

Pregunto de nuevo y su boca sonríe, sonríe a la palabra maestro. Luego agacha la cabeza y torna en su búsqueda en pos de lo que quiera que sea. Y encuentra ese lo que quiera que sea, que resulta ser un palo diminuto al que hace rayar la tierra con guiones, guiones y más guiones a los que no siguen letras escritas, sino muchísimas letras habladas...

Manuscrito Voynich. Detalle
Manuscrito Voynich. Detalle

- El Manuscrito Voynich, mujercita -y vuelve a mirarme-, se compone de 102 folios encuadernados (23 x 16 cm), creados en la Europa Central en un momento cualquiera entre los siglos XV y XVI

- Fue registrado en la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale con el número 2002046

- Por número de catálogo le fue otorgado el MS 408

- Alguien (a saber quién) le arrancó (a saber cuándo) algunas hojas

- Cuenta con varias páginas desplegables

- La mayoría aparecen numeradas -a pluma en el anverso y de forma no correlativa- según el sistema de numeración arábiga

- Todas están llenitas de letras, de plantas, de mujeres y constelaciones desconocidas por cada una de sus caras...

martes, 3 de septiembre de 2013

10. Los ojos del sueño

Titus B.

Aquel sueño me convirtió en un ser extraño: extraña a mí misma, a mis propios ojos que ya no contemplaban más el mundo sino ocultos tras otro par de ojos tan invisibles, tan imaginarios y tan ajenos que se me habían pegado a la piel. Igual que las lentes de Titus B... así se me habían pegado en los párpados aquellos dos ojos que no eran míos y, sin embargo, miraban por mí...

Las manitas rechonchas del duende, que me pellizcaban la nariz con el auspicio de la luna, hicieron que los abriera. Hicieron que me incorporase y lo mirara de frente... Sé que me sabía culpable, pero no me condenó. Sentándose a mi lado, el Libro Grande en brazos y el Manuscrito Cifrado bien cerquita, dejó en silencio que sus piececillos descalzos se bañaran en la corriente tibia del arroyo sin nombre. Abrió el Libro y buscó una página cualquiera, indefinible. Volvió a mirarme, una decena de diminutas luciérnagas acudían ya a prestarle luz, bajó la cabeza y comenzó a leer...

martes, 6 de agosto de 2013

9. De un arroyo sin nombre


Pasé el tiempo que faltaba para que el sol se pusiera sentada a la orilla de aquel arroyo sin nombre. Sus aguas cálidas me acariciaban los pies. Sus aguas cálidas… Comí las avellanas que me trajo en el pico un ruiseñor azul, me tumbé boca arriba sobre la hierba húmeda y miré desde el suelo al cielo, clavando la vista en un sol que cada vez se hacía más lejano y más chico… que se moría.

No sé cuándo cerré los ojos, pero lo cierto es que lo hice y lo cierto es que un sueño profundo se apoderó de mí y me condujo de un recoveco a otro de la conciencia, de un recoveco a otro en un estruendo de trinos. De aguas cálidas que discurren mansas mientras acarician pieles. De aires templados que se visten de aromas, se cuelan por entre las ramas de los árboles y te revuelven los cabellos y el alma...

martes, 30 de julio de 2013

8. De seres que nunca has visto...


Dejé de leer cuando el sol estuvo bien alto en el cielo y un reguero de gotitas saladas comenzaron su descenso piel abajo, recién nacidas de mi frente. Ojalá fueran dulces y pudieran calmarme la sed. Ojalá no se deshiciesen al tacto, sino que fueran sólidas como aceitunas y pudieran saciar este estómago hambriento.

Cerré despacio el Libro Grande, tratando siempre tratando de no hacer ruido. Me levanté del suelo, restregándome con fuerza los ojos para poder abrirlos mucho y contemplar aquel derredor en el que estaba envuelta: el bosque era demasiado hermoso a esa hora. Amodorrado por el rumor de las aguas de un arroyuelo que no discurría muy lejos, tenía el aire vestido de aromas y la piel teñida de un verde intenso. Ni rastro de las sombras que de noche esparce por él la luna. No hubo lugar adonde mirara y no encontrase vida ni rincón en el que hallar silencio. Algunos de los seres que vi habitan el mundo de ahí afuera, tu mundo. En cambio de la mayoría, si alguna vez pudieras verlos, dirías que te son del todo desconocidos...

martes, 23 de julio de 2013

7. Del ruido de las páginas pasadas


Las páginas del Libro Grande hacen mucho ruido al ser pasadas.

Parecieran estremecidas por un escalofrío que solo ellas son capaces de sentir en una tarde quieta y cálida como esta. Tengo hambre y tengo sed. Se me cierran los ojos a cada letra que voy uniendo y, sin embargo, he de seguir: que aunque la noche tarde en caer de nuevo el duende puede abrir los ojillos en cualquier momento, puede desperezarse y aguzar el oído.

Y descubrir el ruido inmenso que, al pasar, hacen las hojas de su Libro Grande

martes, 16 de julio de 2013

6. Wilfred Michael Voynich

Wilfred Michael Voynich
Wilfred Michael Voynich
El hombre que ves en la fotografía se llamaba Wylfrid Michal Habdank-Vojnicz, hablaba seis idiomas y era químico, coleccionista, librero (su tienda de libros raros e incunables se encontraba en el número 1 de Soho Square, en Londres), anarquista y revolucionario.

De ascendencia polaca, había nacido en Kaunas (Lituania) el 31 de octubre de 1865. Su imagen medio borrosa en blanco y negro ilumina -de la misma forma que hiciera él con la multitud de ilustraciones que empleó para embellecer sus célebres <<Catálogos>>- a página completa la narración del Libro Grande.

Y es que el hombre de la fotografía descubrió y compró a unos monjes nuestro manuscrito, y fue esto en el colegio jesuita de Villa Mondragone en Frascati, cerca de Roma, allá por el año 1912.

De su apellido no tardaría en tomar prestado el nombre el extraño pergamino, que a los 102 folios encuadernados que lo componen ninguno había nadie sabido darle...
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