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Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...

jueves, 27 de septiembre de 2012

Una piedra sobre la que reposar

Estoy muy cansada. Sin que sea cierto me pareciera llevar el peso del plomo sobre los hombros. Me pareciera que toda yo me estoy volviendo de plomo. Y aún no sé ni cuánto tarda ese metal en hacerse de oro...

No te lo he dicho, pero me he sentado.

No te lo he dicho y ya estoy sentada sobre una piedra. Es grande. Y lisa. Lo suficientemente grande y lo suficientemente lisa como para aguantar el peso de mi carga hasta que me levante. Y me vaya.

Tampoco te lo he dicho, pero es una piedra encantada. Aunque no sé por qué pienso que tal vez te sorprendas al leer esto, cuando de sobra sé que sabes que Brocelianda entera se mueve al son con que balancea el viento sus hojas mágicas.

Aquí me quedo, pues. Ya me levantaré. El martes me levantaré...

martes, 25 de septiembre de 2012

8. Cuerpo de cobre. Alma de oro

Nicolás Flamel
Nicolás Flamel
«El cobre no descansa hasta convertirse en oro», eso decía el maestro Eckehart: el cobre que no es cobre, sino espejo en el que se miran cuerpo y alma, cada cual andando su propio camino de perfección.

Tu cuerpo y tu alma, mi alma y mi cuerpo, da igual.

Que el cobre es el cuerpo. Y el oro el alma: el alma cuando llega a ese estado que la hace sagrada como el sol. Inmutable. Inmortal.

Para Nicolás Flamel (1330 – 1417) -aquel hombre de fe que fue alquimista- la Obra alquímica: <<hace bueno al hombre porque de él arranca la raíz de todos los pecados, haciéndole generoso, manso, piadoso, creyente y temeroso de Dios, por malo que haya sido. Porque desde ahora estará siempre lleno de la gracia y la misericordia que ha recibido de Dios y de la profundidad de sus maravillosas obras>>. 

jueves, 20 de septiembre de 2012

7. Del Libro de los siete capítulos

"El alquimista"
 William Fettes Douglas, El alquimista (1853)

Alquimia es eso que los sabios llaman ars regia.

Alquimia es esa que transmuta metales desde fuera y almas desde dentro.

Alquimia, al fin, es aquello sobre lo que escribió el propio Hermes Trimegisto en el Libro de los siete capítulos, cuando así dijo:

«Mirad, os he revelado lo que estaba escondido: la obra [la alquimia] está con vosotros y en vosotros; y porque se halla siempre en vosotros, siempre la tendréis presente, estéis donde estéis, en la tierra o en el mar...».

jueves, 13 de septiembre de 2012

6. De la tierra negra y la Medicina espagírica

Alquimista

Después del siglo XV solo la Medicina espagírica -que así llamó Paracelso a aquel tipo de medicina que había derivado directamente de la alquimia- perduraría.

Antes la al – kimiya árabe. La griega chima. La egipcia keme: la tierra negra que no solo transformaba metales sino también almas había ido relegándose lenta, como quien no quiere la cosa, a un segundo nivel, a ese que alberga todas aquellas materias que la razón del hombre es incapaz de explicar. Y se había hecho chica, nuestra alquimia, muy chica, tanto que de ella apenas si sobreviviría ese poco de medicina que te dije...

martes, 11 de septiembre de 2012

5. Judíos, cristianos y musulmanes


Cristianos, judíos y musulmanes la abrazaron. La hicieron suya. Permitieron que se amalgamara con sus fijas ideas acerca del mundo y de Dios. La aceptaron las tres religiones del Libro. La aceptaron y a lo mejor tú, igual que yo antes de haber conocido nada acerca de esto, te estarás preguntando ahora cómo es que pudo ser posible.

Pero es que el cristianismo -aquel vasto universo al que había tenido acceso valiéndose de dos vías: el Imperio Bizantino y al-Ándalus- no había hecho de la alquimia sino el espejo en el que se miraba la Revelación: y de Jesucristo la piedra filosofal, la misma que permitía la transmutación de un metal cualquiera en el oro y la plata sagrados.

El Islam -que nunca mostró reparos en acoger en su seno a cuanto de arte anidara en las regiones por las que se iba extendiendo, sino que, y más al contrario, incorporaba esas doctrinas preislámicas a su propio corpus doctrinal- vio nacer en el siglo VIII d. C., de la mano de Dyâbir ibn Hayyân, una escuela de alquimistas que nos legaría numerosos escritos.

Y el judaísmo no iba a actuar de modo distinto a como lo habían hecho sus religiones hermanas. De modo que la alquimia creció y creció, y se hizo grande, más y más grande a cada vez, a cada paso de gigante que daba mientras no paraba de transcurrir la Historia

jueves, 6 de septiembre de 2012

4. De un viejo llamado Hermes y su hija Alquimia

Hermes Trimegisto
Hermes Trimegisto
La luz que alumbraba las noches del antiguo Egipto fue la que la vio nacer. Hija de Hermes Trimegisto, de ese Hermes al que los griegos rebautizaron como Thot, dicen que era. De Hermes que era el dios de todas las artes. El dios de las ciencias sagradas.

Sus primeras letras quedaron plasmadas sobre el papiro. Y la primera vez que alguien recogiera por escrito su doctrina entera lo haría en la lengua de los griegos: en el Corpus Hermeticum, que así se llamó, en el compendio de textos del que formó parte esa Tabla Esmeralda que solo conocimos en latín y en árabe; en el conjunto manuscrito en el que hablan las palabras que dirán que fueron dichas por el propio Thot.

"Corpus Hermeticum"
Corpus Hermeticum, edición holandesa de 1643
Llegará una vez a Alejandría y se hará grande, la alquimia. Tan grande como lo es ahora. Allí, en aquella ciudad señora de un Egipto ya tardío, y se dividirá en dos: una corriente artesana; la otra, alegórica.

martes, 4 de septiembre de 2012

3. Del sol y de la luna

El sol.

Redondo, dorado, sagrado para el hombre. ¿A qué se parece?

Y la luna.

¿A qué se parece la luna? Cuando se llena. Cuando se reviste toda entera en un círculo de plata que reluce… ¿a qué se te parece? Porque a eso que a ti puedan llegar a parecérsete ambos, sol y luna, ya se les parecieron a los hombres y a las mujeres que andaron estos pagos mucho, muchísimo antes que tú y que yo.

Pero chitón, deja que sea yo la que lo diga: se parecen a las monedas. Son redondos como las monedas. Son de plata y son de oro como las primeras monedas que unos sacerdotes acuñaron con sus efigies grabadas en el anverso o el reverso, qué más da. A las monedas. A ellas que fueron creadas en un acto sacro porque tenían que ser creadas.

Porque la esencia del oro y la de la plata que las componían participaba de la misma que componía al sol y a la luna: y era inmaterial. Y era divina.
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