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Me llamo Lola y soy, igual que el protagonista de aquella novela de Rabih Alameddine, contadora de historias...

jueves, 12 de julio de 2012

Pintor de sombras (III)

Nació en un pueblecito cercano a Bérgamo, en el corazón de una Lombardía rebelde desde el punto de vista artístico que poco a poco se iba alejando de la académica maniera de los demás artistas italianos. Y a que no sabes cómo se llamaba, ¿lo sabes?

Caravaggio.

Se llamaba -y se sigue llamando- Caravaggio el lugar que fue su cuna en aquel 1571 y que le prestaría el nombre con el que los conoceríamos, desde el ocaso del XIX, a los dos: al pueblo y a él.

Luego vendría un día, uno de 1584 en el que, protegido por el príncipe Colonna, Michelangelo Merisi entraría al taller del pintor Simone Peterzano y empaparía sus primeras obras de la influencia no solo de aquel que fue su maestro, sino de otros grandes como Leonardo da Vinci, Lorenzo Lotto, Tiziano, Giorgione, Giovanni Bellini, Andrea Mantegna o Giulio Romano, en un Milán en el que una nueva escuela se abría camino en la pintura mientras trataba en sus temas la vida cotidiana y tenía una forma tan distinta de abordar la luz: será aquí donde Michelangelo aprenda el concepto de claroscuro, será aquí donde se dé cuenta de que no existe en el mundo, y en el arte, una única (el cielo) fuente de luz.

Al cumplir los 18 años nuestro joven de Caravaggio se marchará a Roma.

A pintar.

Quería pintar. Era lo que más quería y Milán se le quedaba chico para ello.

Andaremos con él el camino, llenito de peligros que se lo va a encontrar. Pero eso ya será mañana, sí, mañana lo andaremos con él...

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